El problema con dejar de pensar es que cuando uno deja de pensar
empieza a sentir.
Recuerdo el momento exacto en el que empecé a sentir: cuando mi
madre me dejó en la puerta de la oficina de admisiones cuando fui a dejar mis
papeles para el examen de ubicación. Me entregaron un turno, me senté y de
pronto ya no estaba despreocupada en
lo absoluto. Era la única de mis compañeras que tenía cita ese día (porque me
había despreocupado y me había inscrito después que las otras) y yo jamás he
sido de hablar con desconocidos, pero el aislamiento que sentí mientras estuve
allí esperando mi turno se magnificaba por el hecho de que todos los demás
estaban igual de callados que yo. Veía las caras de aprehensión en los demás y
rogaba que yo no me viera tan traumatizada. Todos querían lo mismo que yo, pero
seguramente no estaban haciendo lo mismo que yo para lograrlo. Que era nada. ¿Cómo
iba yo a competir con gente que se estaba preparando de verdad para el examen? ¿Por
qué no había estado pensando? Fue otro de esos muchos encontrones con la
realidad que tuve desde ese invierno.
Por ley de Murphy, en esa época empezamos a ver en las clases de
los domingos un tema en el que diestra hasta entonces y esa creencia me fue arrebatada
sin compasión. Los días pasaron, llevándose cada uno sigilosamente una parte de
mi convicción. Me esforcé por no demostrarlo, así que estaré encantada si me
dicen que nunca me vieron preocupada.
La última semana previa al examen fue un caos emocional. A ratos
me veía alimentando las tortugas del campus, a ratos me veía haciendo colas
para arañar un cupo en la Estatal. A ratos no veía nada.
La mañana en la que iría a dar el examen dimos un trimestral de
Matemáticas en el colegio y lo vi tan fácil
que me encontré despreocupada otra vez. Eso me duró menos de dos horas. En
cuanto puse un pie fuera del colegio parecía que el único propósito de los órganos
de mi cuerpo fuera mostrarme de cuántas maneras diferentes podían retorcerse y
comprimirse.
Los minutos que pasé sentada en una de las bancas en el campus
Peñas esperando que lleguen las hojas del examen deben ser de los más
desesperantes que he vivido. El estado de las otras personas, que por lo
general no es parte de mis preocupaciones, nuevamente me perturbaba. Ese día mi
madre estaba tan paranoica como siempre y me hizo llevar tres o cuatro lápices
número 2, de esos para el examen. Uno de ellos me lo pidió prestado una chica
de entre los desconocidos alterados en el salón y hace poco me enteré de que la
ahora conozco: es mi compañera de clases y yo ni enterada de que era la misma
persona.
Si la incertidumbre de la espera fue el vértigo de quien está al
borde de un barranco, la recepción de las hojas fueron los golpes que se va
dando el cuerpo en las rocas al ir cayendo al vacío. Una tras otra las
preguntas me iban asestando pedradas, ¿qué
diablos es esto?
Cuando salí de ese salón estaba en shock. No veía, ni oía, ni
pensaba, pero tampoco sentía y eso era un consuelo.
Le di gracias a Dios, al cosmos, al karma y hasta aquí. Declaré
que no quería pensar más en el asunto y elaboré un plan B en caso que hubiera
agradecido a Dios, el cosmos y el karma demasiado pronto. Fueron días de una
dulce calma artificial. Me sentí muchísimo mejor que antes del examen y tuve
éxito en olvidar el tema gracias a mi bendita mala memoria. La ignorancia es felicidad.
Estaba yo tan inmersa en esta amnesia autoinducida que un día me
dijeron: "¡¡¡Karla, ya están los resultados de la ESPOL!!!" y yo no
pude soltar más que un sincero: "¡¿Qué?!" Estaba totalmente perdida.
Y creo que quien me dijo fue la misma Paola, pero no estoy segura, en ese
momento había vuelto un de ese shock post-examen.
No tenía internet, fui al cyber. Había pasado al pre. ASDGHFHGLAJHKLADSJLKAJDÑLAKJSFJKLHDFKAJSHDKJAS.
Tengo en facebook una captura de pantalla conmemorativa y todo,
fue bastante wai.

estás locaaaa... pero te quieroo.. :3
ResponderEliminar*abrazo de gato*
prr