sábado, mayo 12, 2012

Un año como tortuga y otro no: 2 -Verano


En esa época de las pasantías recordaba que en mi pasado lejano, en esos tiempos en los que me torturaban psicológicamente en ese reclusorio al que llamaba escuela, había ido a un curso de computación bastante inútil –ya que no recuerdo el curso en sí, así que habrá sido inútil– en COPOL.

Así también empecé a notar los buses de la ESPOL en la ciudad. Digo la ciudad, pero no me siento bien al llamar a la vía Daule "la ciudad".
En retrospectiva y especialmente en este asunto de los buses, en esta etapa siento que era yo como una joven muchacha enamorada: veía pasar los buses con el nombre de ese ideal que se iba formando en mi mente idiotizada y sentía que me acercaban a él, los veía como un puente, como una señal del destino. Es más, los veía  modernos, plácidamente medio vacíos (la soledad para mí es plácida), cómodos… una idea para beneficio de los estudiantes, una prueba de que la ESPOL me quería y me quería bien, con todos los detalles que pudiera darme para hacerme sentir más a gusto. Por supuesto, es de conocimiento popular que las jóvenes muchachas enamoradas, a más de fijarse en detalles ridículos y romantizarlos, están ciegas.

Pues bueh. Terminaron las pasantías, volví a clases y  me encontré con que en realidad algunas personas querían entrar a la ESPOL y eran mucho más serias que yo en el asunto. Es más, creo que si no fuera por Paola (¡Paola!, la verdadera caridad encarnada) es posible que no estuviera escribiendo esta entrada: compartiendo información que yo no me había dignado a buscar, explicando el proceso que yo no acababa de entender, recordando fechas que yo olvidaba… en serio. Y nuestro profesor de Matemáticas, que nos dio clases los domingos para prepararnos… no creo que yo hubiera tenido la decencia de buscar un curso de no haber tenido este recurso.

Encontré otras tortugas en potencia

Estas clases dominicales se hacían cada vez más complicadas, el profesor nos recordaba con frecuencia cada vez mayor que era importante que practicáramos y desarrolláramos habilidad, que lográramos velocidad porque el examen es una carrera contra el reloj. Los días se volvían semanas y ellas meses… Pero yo era el epítome de la despreocupación. A duras penas tomaba el lápiz para hacer las tareas del colegio, ¿creen ustedes que lo levantaba para hacer ejercicios que nadie iba a revisar? Por supuesto que no. Tenía otras cosas que hacer con mi tiempo. Cosas más interesantes. Ni siquiera la aparición de exámenes de ingreso anteriores, de los cuales yo no podía resolver ni la mitad y cuya otra mitad a duras penas podía leer me animó a dejar de contemplarme las uñas en mi tiempo libre.

En este punto, el lector con algo de sensatez entre su colección de valores personal estará preguntándose una cosa: ¿en qué diablos estaba yo pensando?
La respuesta es bastante sencilla: en nada, simplemente no estaba pensando en lo absoluto.

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