En esa época de las pasantías
recordaba que en mi pasado lejano, en esos tiempos en los que me torturaban
psicológicamente en ese reclusorio al que llamaba escuela, había ido a un curso
de computación bastante inútil –ya que no recuerdo el curso en sí, así que
habrá sido inútil– en COPOL.
Así también empecé a notar los buses
de la ESPOL en la ciudad. Digo la ciudad, pero no me siento bien al llamar a la
vía Daule "la ciudad".
En retrospectiva y especialmente en
este asunto de los buses, en esta etapa siento que era yo como una joven
muchacha enamorada: veía pasar los buses con el nombre de ese ideal que se iba
formando en mi mente idiotizada y sentía que me acercaban a él, los veía como
un puente, como una señal del destino. Es más, los veía modernos, plácidamente medio vacíos (la
soledad para mí es plácida), cómodos… una idea para beneficio de los
estudiantes, una prueba de que la ESPOL me quería y me quería bien, con
todos los detalles que pudiera darme para hacerme sentir más a gusto. Por
supuesto, es de conocimiento popular que las jóvenes muchachas enamoradas, a
más de fijarse en detalles ridículos y romantizarlos, están ciegas.
Pues bueh. Terminaron las pasantías,
volví a clases y me encontré con que en
realidad algunas personas querían entrar a la ESPOL y eran mucho más serias que
yo en el asunto. Es más, creo que si no fuera por Paola (¡Paola!, la verdadera
caridad encarnada) es posible que no estuviera escribiendo esta entrada:
compartiendo información que yo no me había dignado a buscar, explicando el
proceso que yo no acababa de entender, recordando fechas que yo olvidaba… en
serio. Y nuestro profesor de Matemáticas, que nos dio clases los domingos para
prepararnos… no creo que yo hubiera tenido la decencia de buscar un curso de no
haber tenido este recurso.
Estas clases dominicales se hacían
cada vez más complicadas, el profesor nos recordaba con frecuencia cada vez
mayor que era importante que practicáramos y desarrolláramos habilidad, que
lográramos velocidad porque el examen es una carrera contra el reloj. Los días
se volvían semanas y ellas meses… Pero yo era el epítome de la
despreocupación. A duras penas tomaba el lápiz para hacer las tareas del
colegio, ¿creen ustedes que lo levantaba para hacer ejercicios que nadie iba a
revisar? Por supuesto que no. Tenía otras cosas que hacer con mi tiempo. Cosas
más interesantes. Ni siquiera la aparición de exámenes de ingreso anteriores,
de los cuales yo no podía resolver ni la mitad y cuya otra mitad a duras penas
podía leer me animó a dejar de contemplarme las uñas en mi tiempo libre.
En este punto, el lector con algo de
sensatez entre su colección de valores personal estará preguntándose una cosa:
¿en qué diablos estaba yo pensando?
La respuesta es bastante sencilla:
en nada, simplemente no estaba pensando en lo absoluto.
