Así que yo sabía:
a) que la ESPOL era
la Escuela Superior Politécnica del Litoral,
b) que los
estudiantes eran todos nerds asociales con tendencias maniacas y
c) que para cambiar
un foco, se necesitaban dos estudiantes: uno para cambiarlo y otro para
calcular el ángulo/masa/vector de quién sabe qué cosa.
No, no estaba
realmente empapada en el asunto, pero, miércoles, estaba totalmente seca en
todo lo concerniente a universidades en general. Siempre me pareció que el día
nunca iba a llegar, que mi vida se extendería infinitamente entre las paredes
del colegio con sus cuervos blancos, sus frutas de estación, el intolerable y
familiar aburrimiento y las babosas. Jamás, jamás tuve un diálogo conmigo misma
que se extendiera más allá de un:
'Vamos a ir a la universidad cuando terminemos el colegio,
¿no?'
'Obviamente.'
Pero cuando me vi
haciendo esas endemoniadas prácticas en las vacaciones previas a mi último año
de colegio de repente la realidad me impactó como camión de 18 ruedas a peatón
atarantado en la Vía a Daule. 'Me voy a
graduar. Voy a ir a la universidad.
DIOS. ¡¿Qué diablos voy a hacer?! No tengo idea de nadafuckfuckfuck.'
Por supuesto, yo
había hablado del tema, yo había intercambiado opiniones con gente, yo
respondía preguntas con calma indiferencia, como si estuviera lista desde
pre-kinder, como si no hubiera cosa más sencilla para mí que eventualmente
decidir qué quería hacer con mi vida, porque, sin presión de mis padres para
escoger cierta carrera y mi... llamémosle facilidad para aprender, podía
estudiar lo que quisiera. Pero, ¿qué? ¿Qué, maldita sea?
En esa época
salieron esos dichosos rankings internacionales de universidades pregonando a
la ESPOL como la mejor del Ecuador. Mi cerebro dijo: 'Vamos a ir a la ESPOL'.
Y yo le contesté: 'Ah, bueno.'
Somos inteligentes. " Vamos a la
ESPOL.
Era simple lógica. O
la forma más descabellada de tomar una decisión sobre la que no tenía
información alguna con respecto a todas las otras variables que debí haber
tomado en consideración.
